Una de
las primeras cosas que llamó mi atención al iniciar mi nueva etapa como
estudiante de posgrado fue un artículo colgado en el corcho de anuncios de
nuestro laboratorio. El artículo, que aún se encuentra en el mismo lugar, habla
sobre la serpiente con la que todo estudiante debe luchar antes de obtener su
título de doctorado. En dos largas carillas de preguntas y respuestas, el
anónimo autor describe la diversidad de tamaño, color, ferocidad, agilidad,
etcétera, que la mencionada serpiente puede presentar. Todavía no conozco a ciencia cierta qué
hecho de la vida real inspiró tal alegoría, pero durante las semanas previas a
mi examen de calificación doctoral me sentí identificada con el tipo de
ansiedad que sería probable preludio de un anticipado enfrentamiento con un
reptil bífido de atributos específicos indefinidos.
Al
contrario de otros estudiantes en estas latitudes septentrionales, mi
procedencia tropical y raíces montubias me han puesto antes en contacto directo
con la localmente temida, seudo-mítica “matacaballos” (Boa constrictor spp.). Desde la primera vez que la toqué no
pude sino admirar la rigidez de su musculatura y ante todo cabe aclarar que considero
que las serpientes son animales bellísimos. Pero el recuerdo más obvio ante
premura del examen fue el de una matacaballos en exhibición en el Acuario de
Valdivia. Con algo de imprudencia y mucho desatino, habían colocado a un
ratoncito vivo en el vivero de la boa mientras esta aún dormía la siesta tras
su última comida. La boa inmóvil en su
placidez. El ratón temblando ante la “crónica de su muerte anunciada”. Yo tenía
unos catorce años y recuerdo haber pensado “¿cómo puede saberlo el ratón?”.
Los
exámenes de calificación doctoral son distintos en cada universidad y cada
carrera. En algunos casos “sólo” se trata de la defensa de la propuesta de
tesis; mientras que, en el otro extremo, el estudiante es sometido a días de
exámenes orales y escritos. En mi caso, el examen siguió la común metodología
de revisar n=5 artículos científicos para una presentación oral ante un comité
compuesto de los grandes sabios de la facultad, seguida de un interrogatorio de
hora y media sobre…
- es
aquí donde surgieron mis recuerdos –
…sobre “¿cómo
puede saberlo el ratón?”. La respuesta fue entonces obvia. El ratón no tiembla ante
la certeza de su destino, sino ante la incertidumbre. Siendo un ratón criado
con propósitos nutricionales, lo más probable es que no hubiese estado antes
expuesto al peligro de una serpiente. Y sin embargo tiembla (temblaba). Este
ratón que les escribe, empero, había tomado clases con 3 de los 5 miembros de
su comité calificador y pasó días intentando predecir las preguntas que harían
y practicando las respuestas en voz alta ante los comprensivos oídos de su pareja
que fingía comprender de qué tanto balbuceaba. Aunque
aquello fue de gran utilidad, ya que hicieron al menos un par de los docenas de
preguntas que imaginé, lo que más me ayudó a domar con éxito mi serpiente no
provino ni del FAQ en el corcho del laboratorio, ni de mis recuerdos sobre el infortunado ratón en el Acuario de Valdivia,
sino del aún menos alusivo recuerdo de “El Principito” (Antoine de
Saint-Exupéry, 1943). Cual los adultos del libro, y muy a disgusto de mis
instintos ratoniles, me obligué a pensar que aquella forma extraña frente a mí
no era una boa dormida que devoró un elefante, sino que era sólo un sombrero.
Sólo un sombrero más de los tantos que un científico debe ponerse durante su
vida.
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