Después de poco tiempo dentro de la academia científica, su misteriosa mecánica se vuelve evidente y la vida dentro de ella prácticamente un cliché. Al llegar a la oficina me esperan torres de artículos científicos que se acumulan sobre mi escritorio, el desorden de papelitos y papelotes con notas y fórmulas escritas a lápiz, bolígrafo o con lo que haya encontrado en su momento y el Mac con el Matlab abierto. Mis alegrías cotidianas son encontrar algún error trivial en mis códigos, una forma más eficiente, simple y atractiva de graficar un resultado, y finalmente lograr interpretarlo. Lejos ha quedado el día en que los científicos eran héroes mitológicos. En días como hoy, me doy cuenta de que ya soy uno, o al menos uno en crecimiento. Pero ser un científico no se trata tan sólo de bonitas gráficas o de tener buenos resultados. Parte fundamental de la ciencia es saber difundirla en distintos círculos de conocimiento.
Como en cualquier otra profesión, el científico se alimenta de conocer y discutir activamente el trabajo de sus pares y el suyo propio con ellos. Mientras el mundo de la prensa rosa cuchichea sobre si se casa Brad Pitt o se divorcia Tom Cruise; desde sus primeros años, el científico empieza a cultivar la costumbre de leer ciencia, y en su mente se crea un archivo de quién escribió tal o cual hipótesis. Para un científico en ciernes, como esta servidora, ponerle un rostro a uno de esos autores y entablar una conversación es igual o mejor que tomarse una foto con cualquier actor de Hollywood. Es cosa de “networking”, como dirían en estos lares, aunque las cosas no siempre suceden como las esperamos.
La primera vez que conocí personalmente a un oceanógrafo de alto renombre internacional, Gene Feldman, tenía poquísima idea de quién se trataba. Sí, claro, había leído y citado sus trabajos seminales sobre Galápagos (1-3) en la introducción de mi tesis de licenciatura – recientemente redactada por entonces – y había escuchado una de sus entretenidísimas charlas, despliegue de carisma y sencillez. Pero eso era apenas el pico del iceberg, considerando su invaluable trabajo para consolidar una de las más importantes fuentes de datos oceanográficos: SeaWiFs. Y ahí estaba yo, en el medio del Pacífico en una embarcación apenas unos 12 metros de eslora, sin acceso a Google, y con la candidez de no saber realmente con quién estás hablando. Simplemente una experiencia fantástica.
Conocí a Michael McPhaden, viejo sabio de la oceanografía ecuatorial y de la variabilidad de El Niño-Oscilación del Sur (4-6, para citar algunos), en una conferencia en Guayaquil. Esta vez, tenía conocimiento de sobra sobre quién era, su trabajo, sus publicaciones, etc, etc, etc. Había decidido presentar mi trabajo de tesis de licenciatura en dicha conferencia y fue mi primera presentación científica en inglés. Desgracia la mía, tras algún tiempo viviendo en Galápagos, el ritmo de la vibrante Guayaquil – el tráfico, el ruido, el calor y la humedad concentrándose entre el asfalto y los edificios – no me vino nada bien y, tal vez incluso de los mismos nervios, caí víctima de una inexplicable infección alimentaria justo el día antes de mi presentación. Bajo la poderosa lupa de la auto-crítica, la presentación fue TERRIBLE, con mayúsculas y negritas. McPhaden, sin embargo, se acercó a felicitarme por mi trabajo mientras yo me quedé casi muda, con la mitad de vocabulario inglés y todo lo que hubiera querido decirle, estrangulando mi lengua.
Quise compartir estas dos experiencias como ejemplo de las situaciones a las que como estudiantes en carreras de ciencias nos vemos expuestos. Mientras más avanzamos en la profesión, tendemos a conocer a nuestros futuros colegas por sus trabajos, lo cual podría amilanarnos un poco al conocerlos en persona. En esos casos, debemos recordar que el desarrollo de la ciencia internacional se ha basado justamente un sistema de motivación maestro – aprendiz. Muchos de los mejores científicos están generalmente ávidos por conocer jóvenes estudiantes con profundo interés en la ciencia. Sí, querrán hablar sobre investigación, y un “leí su artículo sobre …” siempre será muy bueno para romper el hielo. Sin embargo, creo que temas más sencillos como cuál fue mi inspiración para entrar en el mundo de la ciencia y cuáles son mis aspiraciones a futuro, han logrado algunas de las mejores conversaciones con científicos de alto calibre cuando los nervios me impiden “decir algo que suene inteligente”.
Durante estos años de posgrado, he tenido la oportunidad de conocer a otros tantos oceanógrafos que estaban en mi glosario mental de mitología académica. Estas son nuestras “ganancias mudas” como becarios. Las que no se detallan en ningún informe de progreso académico, pero que constituyen invaluables relaciones profesionales futuras y potenciales proyectos a aplicarse en nuestro país. No se trata solamente de las “A+” y de la tesis, somos estandartes de una nueva generación para la ciencia del Ecuador y ese es el sano orgullo y confianza que debe acompañarnos cada vez que tenemos la oportunidad de conocer a uno de nuestro héroes científicos.
Citas:
(1) Feldman, G.C. (1986) "Patterns of phytoplankton production around the Galapagos Islands." In Tidal Mixing and Plankton Dynamics, Lecture Notes on Coastal and Estuarine Studies, Vol. 17, eds. M. Bowman, C. Yentsch, and W. Peterson, Germany: Springer-Verlag, pp. 77-106.
(2) Feldman, G.C. (1985) "Satellites, seabirds and seals." In El Nino in the Galapagos Islands: The 1982-1983 Event, eds., G. Robinson and E.M. del Pino.Quito, Ecuador: Charles Darwin Foundation, 1985
(3) Feldman, G.C.; Clark, D.; and Halpern, D. (1984) "Satellite color observations of the phytoplankton distribution in the eastern Equatorial Pacific during the1982-83 El Nino." Science 226:1069-71. 1984
(4) McPhaden, M.J. (2008) Evolution of the 2006-07 El Niño: The Role of Intraseasonal to Interannual Time Scale Dynamics. Adv. Geosci., 14, 219-230.
(5) McPhaden, M.J. S.E. Zebiak, and M.H. Glantz (2006) ENSO as an integrating concept in Earth science. Science, 314, 1740-1745.
(6) McPhaden, M. J. (1999). Genesis and evolution of the 1997-98 El Niño.Science, 283(5404), 950-954.