jueves, 10 de octubre de 2013

Ciencia vs. Viveza Criolla



De acuerdo con Google Maps, unos 435 km y 5.5 horas por carretera separan las ciudades de Manta y Quito, en la República del Ecuador.  Del viaje, que alguna vez hice, guardo el recuerdo de la transición desde la joven costa semidesértica, pasando por el tierno bosque húmedo tropical, hasta las montañas de felpa parchada de zonas agrícolas. Sólo podría especular, empero, sobre el abanico de paisajes anónimos que Charles-Marie de la Condamine recorrió en la misma ruta, allá en 1736, como parte de la Primera Misión Geodésica Francesa. Era una época “remota”, sin Google Maps, ni GPS, ni iPhones.  Era la época en que Ecuador era la Presidencia de Quito en el Virreinato de Perú y en que aún se discutía si la Tierra era achatada en los polos (como sostenían Newton y Huygens), o si se ensanchaba en los polos (como refutaba Cassini) [1]. También era la época en que la educación y la ciencia eran cosa de burgueses. Tanto el francés de la Condamine, como su anfitrión riobambeño, Pedro Vicente Maldonado, eran lo que el diccionario urbano nacional contemporáneo definiría como un par de pelucones.  El apelativo encaja bastante bien al ver hoy sus retratos; pero, más allá de las clases sociales, sus espíritus exploradores, pasión por la geografía, y la destreza en astronomía y matemáticas de los otros miembros del equipo, Louis Godin y Pierre Bouguer, merecen que esta misión se considere un hito en la historia científica del Ecuador.

En la actualidad, la tradición oral ha consumido el mérito de la Primera Misión Geodésica, los paisajes anónimos están poblados de nombres y la información se abre paso a machete entre matorrales ancestrales que limitan el acceso a la educación en nuestro país. Jóvenes de modesta infancia nos atrevemos a soñar con ser como Humbolt o Darwin, y disponemos de nuevas oportunidades para lograrlo. Igual que un paisaje de carretera, Ecuador vive una transición socio-científica que siglos atrás experimentaron otras naciones. Y para muestra, un simple paseo por Google y Wikipedia me cuenta que, allá en 1736, el viaje de la Primera Misión Geodésica no podría haberse apartado más de lo que aprendí en mi escuelita de monjas y de la dinámica académica actual de los países desarrollados. Cambios de itinerario por riñas entre investigadores, negativas de compartir información, retrasos en la entrega de fondos y hasta auto-financiamiento fueron la realidad de la afamada expedición [2]. Y para colmo, los investigadores que hacían una misión gemela cerca del polo norte publicaron primero los resultados. Después de más de 240 años y con los percances olvidados, se erigió el actual monumento conmemorativo de la Misión Geodésica en San Antonio de Pichincha, donde – según tradición oral (i.e., como a mí me contaron de niña) – los  científicos franceses midieron la posición de la línea ecuatorial.

Hoy basta tener un iPhone para saber que dicho monumento, el Museo de la Mitad del Mundo, no se encuentra en la latitud 0’00.00’’, como sugiere su nombre. Tal hecho lleva a la inmediata conclusión de que los sabios franceses se equivocaron, y deja al turista con el agridulce sabor de boca de tomarse una foto en el lugar incorrecto.  Con relativa frecuencia se obvia decir que la Misión Geodésica nunca se dedicó a medir la posición de la línea ecuatorial, sino a verificar la forma de la Tierra.  Y sí, Newton y Huygens le ganaron a Cassini, cambiando para siempre nuestra forma de ver el mundo. De la Condamine y compañía ni siquiera visitaron el lugar donde se encuentra el Museo de la Mitad del Mundo, sino que realizaron mediciones del arco de un meridiano trazado desde Oyambaro (Pichincha) hasta Caraburu (Azuay), y con base en Yaruqui [3].  Su expedición dio paso a la definición del sistema métrico internacional, al descubrimiento del hule y al primer estudio detallado de las propiedades anti-malaria del árbol de chinchona [2]. Pero todo ese bla bla bla es, por supuesto, aburridísima ciencia que no vende.

A unos cuantos metros del Museo de la Mitad del Mundo, la alegría del viaje turístico resucita en un pequeño museo artesanal que predica mostrar experimentos científicos que sólo ocurren en la verdadera mitad del mundo (esta vez calculada con GPS). Su mejor atracción es la comprobación de la fuerza de Coriolis. Ya saben, el misterio de porqué el agua del inodoro gira en sentidos contarios en hemisferios opuestos. El misterio aparece repetido en varias películas y hasta en un capítulo de los Simpsons. Nada como estar sobre la línea ecuatorial para poder verlo de primera mano, pues tan sólo se necesita caminar unos cuantos pasos para cambiar de hemisferio. La demostración, por lo general, ocurre de la siguiente forma: el guía local inicia sobre la línea ecuatorial con una lavacara llena de agua y explica que, debido a la rotación de la Tierra, existe una fuerza llamada Coriolis. Sobre el ecuador (el punto geográfico, no el país) la fuerza de Coriolis es cero, continúa el guía.  Sin más preámbulo, remueve el tapón de la lavacara, demostrando que, sin fuerza de Coriolis, el agua que drena por el agujero no forma ningún vórtice. Es decir, no gira. El guía suele colocar una pequeña hoja o un fósforo sobre la superficie del agua para enfatizar su argumento. El agua que cae de la lavacara es colectada en un balde y empieza  la segunda parte de la demostración.  El guía moviliza al grupo, la lavara y el balde con agua, unos pocos metros hacia el sur.  Coloca el tapón en la lavacara y vierte el agua en ella. Mientras espera unos segundos a que la superficie del agua se calme, explica que debido a la fuerza de Coriolis el agua girará hacia la derecha. Retira el tapón y con admiración el público observa el fenómeno en acción.  El escenario completo vuelve a montarse unos pocos metros hacia el norte de la línea ecuatorial y, como anticipado, el agua gira en sentido contrario.

Por desgracia, muchos de los turistas jamás se enterarán de que fueron víctimas de un típico caso de viveza criolla, pues el cuento del inodoro y el experimento de la lavacara con antiquísimas falacias científicas.  Incluso cuando algunos guías acotan con brevedad que se trata de una demostración didáctica y no de la fuerza de Coriolis en acción; muchos turistas, hambrientos de asombro e historias, prefieren mantener el recuerdo de la magia ecuatorial que hace que el agua gire en direcciones contrarias. ¿Quién podría culparlos? Aquella misma hambre de asombro es la que empuja a la ciencia. Sin embargo, a falta de buenas explicaciones para lo que ven, de boca en boca se perenniza uno de los mayores mitos de la ciencia.  Sucede allá, en mi querido Ecuador. En las narices de un monumento que evoca la victoria de Newton, y en un país que proclama los albores de su revolución científica.  El timo, empero, no se halla en nada de lo dicho por el guía, pues es todo cierto en cierta parte

La llamada fuerza de Coriolis (nombrada tras Gaspard-Gustave de Coriolis) existe debido a la rotación de la Tierra.  Para empezar, todos estamos de acuerdo con que la Tierra rota sobre su eje.  Su rotación genera los días y las noches. De hecho, la rotación de la Tierra fue también la base para que Newton dedujera el achatamiento en los polos. Estamos seguros también que en nuestras actividades diarias, cuando caminamos o vamos en auto, no percibimos tal rotación. Vivimos en escalas de tiempo y espacio mucho menores que la rotación de la Tierra, como una hormiga en la montaña rusa. Podemos, por ejemplo, cruzar la calle en línea recta, con la seguridad de llegar al edificio de enfrente (fijándonos de que el semáforo esté en rojo, claro está). Ahora imaginemos que pudiésemos levitar por encima del suelo, y quedarnos ahí flotando quietecitos.  La Tierra continuará girando por debajo de nosotros y, tras unas horas, a pesar de que jamás nos movimos, no estaremos en el punto donde empezamos.

¿Qué pasaría si intentásemos levitar en línea recta para cruzar la calle, y la Tierra rotase muy muy rápido debajo de nosotros? Pues, de seguro, no llegaríamos al edificio de enfrente, sino a un punto adyacente al mismo. Si tienen un poco de tiempo y curiosidad, pueden intentan dibujar una línea recta con los ojos cerrados, mientras giran la hoja de papel lentamente. Es a esta aparente desviación de la trayectoria de un objeto sobre un marco referencial rotatorio, a lo que se llama fuerza de Coriolis. Como la Tierra realiza sólo una rotación completa por día, la fuerza de Coriolis es bastante pequeña, y es sólo apreciable en objetos que se mueven largas distancias y durante largo tiempo sobre la superficie de la Tierra. En el hemisferio norte tales objetos sufren una desviación hacia la izquierda de su trayectoria; mientras que en el hemisferio sur, la desviación es hacia la derecha. Aviones y proyectiles militares, por ejemplo, deben considerar este factor al estimar su trayectoria. Nadie ha escuchado, sin embargo, que el tal Coriolis sea un problema en un partido de tenis. Los valores de Coriolis son muy pequeños. Como indicaba el guía, la fuerza de Coriolis además disminuye con la latitud y es cero en el ecuador. Coriolis es, de hecho, casi cero en toda la franja ecuatorial. Así que, es imposible movernos unos pasos al norte y unos pasos al sur para ver el mágico cambio de dirección de Coriolis. Pero continuemos.

La fuerza de Coriolis también afecta al aire en la atmósfera y al agua en los océanos, dando lugar a grandes giros oceánicos y a espectaculares vórtices en la atmosféricos. De ahí nace la errónea idea de vincular Coriolis con el vórtice del inodoro. A gran escala, los vórtices se forman por la circulación del aire entre núcleos de alta y baja presión atmosférica. Si la Tierra no rotase, el aire se dirigiría desde el núcleo de alta presión hacia el núcleo de baja presión, para equilibrar la diferencia. Sin embargo, la desviación en la trayectoria del aire alrededor del núcleo de baja presión produce un flujo circular.  Dicho flujo corre hacia la izquierda, o en sentido de las manecillas del reloj, en el hemisferio norte; y en sentido opuesto a las manecillas del reloj, en el hemisferio sur.  Tal como lo dijo el guía.  Pero, ¿por qué se forma un vórtice al destapar la lavacara o en un inodoro?  En condiciones normales (como las de tu baño o el mío, y como las de la lavacara en el pequeño museo de la verdadera mitad del mundo), el tiempo que toma drenar el agua de una lavacara es mucho menor al tiempo de rotación de la Tierra, sin importar que nos encontremos en Canadá, Ecuador o Argentina. Por lo tanto, Coriolis no puede ejercer un efecto dominante. El vórtice se forma mientras el agua se aproxima al agujero de drenaje, disminuyendo su radio e incrementando su velocidad de giro. Igual a que si atáramos una piedra al extremo de una soga y la hiciéramos girar.  Mientras más corta sea la soga, la piedra podrá girar más rápido.  Entonces, el sentido del vórtice en la lavacara está dominado por cualquier “movimiento residual” que exista en el agua, por la fricción con las paredes del envase y por la forma del drenaje.

Como la ciencia es más ciencia cuando se exploran todas las posibilidades; el experimento de la lavacara fue ejecutado bajo condiciones controladas de laboratorio que pudiesen generar velocidades de drenaje influenciables por la rotación de la Tierra [4, 5]. Dichas condiciones controladas incluían el uso de un tanque de 1.8 m de diámetro, 15 cm de altura y con un pequeñísimo agujero de drenaje de 9.5 mm; control de temperatura y corrientes de aire; llenar el tanque en el sentido contrario del esperado para el hemisferio; y dejar reposar el agua durante 1 día entero antes de retirar el tapón del tanque. El drenado completo de estos tanques tardaba 20 minutos, en comparación con los típicos 2 minutos de los videos turísticos en YouTube. Entonces, y sólo entonces, se apreció que la dirección de giro del vórtice estaba influenciada por Coriolis en ambos hemisferios. Los investigadores anotaron incluso que, con un tiempo de reposo de 2 horas, la dirección del giro todavía era determinada por el movimiento residual producido al llenar el tanque [ver también 6].  El truco en el pequeño museo de la verdadera mitad del mundo está justo ahí. El guía inicia con una lavacara con agua en reposo y luego rellena la lavacara por el lado en que desea hacer girar el vórtice.

Sé que me he dado una vuelta muy larga para destapar el sencillo misterio. El punto de tanta retórica no era lección sobre Coriolis, sino poner mi granito de arena para cambiar la visión de porqué los científicos hacemos ciencia.  Creo que si nos detenemos a pensarlo, la realidad es siempre mucho más mágica que cualquier timo. En medio de un gigantesco espacio, una enorme roca gira y  desencadena el movimiento del aire y los océanos. Gracias a ese movimiento, por ejemplo, fue posible el descubrimiento accidental de las islas Galápagos. El atractivo de la mitad del mundo debería utilizarse para inspirar admiración a estos verdaderos espectáculos planetarios y a la historia de descubrimientos tras de ellos. El mayor mito a vencer es el de creer que la ciencia es siempre aburrida, incomprensible, e importante sólo para geniecitos y pelucones. La tecnología actual permite construir mundos virtuales o mecánicos que nos sumerjan en la mirada de los investigadores, repetir los experimentos y por nosotros mismos comprender las conclusiones de antaño. Alrededor del mundo, cada vez más museos pasan de la pasividad hacia interactividad, elevando los méritos reales de quienes dedican sus vidas a la investigación. La riqueza étnica, histórica y ecológica  de Ecuador tiene mil cosas que contar. Hace falta tan sólo que los profesionales creativos, sociales, ingenieros y científicos apreciemos nuestras distintas virtudes, identifiquemos las necesidades y fortalezas de las comunidades locales y  nos sentemos todos juntos a pensar cómo contarlas.

                                   
Referencias:

[1] Greenberg, John L. (1996), Isaac Newton and the problem of the earth's shape. Archive for history of exact sciences 49:4, 371-391.
[2] Ferreiro, Larrie D. (2011), Measure of the Earth: The Enlightenment Expedition That Reshaped Our World. Basic Books, a member of the Perseus Books Group. New York, USA.
[3] de Ulloa, Antonio (1760), Voyage to South America: describing at large, the Spanish cities, towns, provinces on that extensive continent. Translated from the original in Spanish. Second edition, p. 236. L. Davis and C. Reymers, against Gray’s-Inn-Gate, Holbourn; Printers to the Royal Society. London.
[4] Shapiro, Ascher H. (1962), Bath-tub vortex. Nature 196: 4859, 1080-1081.
[5] Trefethen, Lloyd M., R.W. Bilger, P.T. Fink, R.E. Luxton, R.I. Tanner (1965), The bath-tub vortex in the southern hemisphere. Nature 207: 5001, 1084-1085.
[6] Salzsieder, John C. (1994), Exposing the bathtub Coriolis myth. The Physics Teacher 32, 107.

jueves, 9 de mayo de 2013

Conociendo al científico




Después de poco tiempo dentro de la academia científica, su misteriosa mecánica se vuelve evidente y la vida dentro de ella prácticamente un cliché. Al llegar a la oficina me esperan torres de artículos científicos que se acumulan sobre mi escritorio, el desorden de papelitos y papelotes con notas y fórmulas escritas a lápiz, bolígrafo o con lo que haya encontrado en su momento y el Mac con el Matlab abierto. Mis alegrías cotidianas son encontrar algún error trivial en mis códigos, una forma más eficiente, simple y atractiva de graficar un resultado, y finalmente lograr interpretarlo. Lejos ha quedado el día en que los científicos eran héroes mitológicos. En días como hoy, me doy cuenta de que ya soy uno, o al menos uno en crecimiento. Pero ser un científico no se trata tan sólo de bonitas gráficas o de tener buenos resultados. Parte fundamental de la ciencia es saber difundirla en distintos círculos de conocimiento.


Como en cualquier otra profesión, el científico se alimenta de conocer y discutir activamente el trabajo de sus pares y el suyo propio con ellos. Mientras el mundo de la prensa rosa cuchichea sobre si se casa Brad Pitt o se divorcia Tom Cruise; desde sus primeros años, el científico empieza a cultivar la costumbre de leer ciencia, y en su mente se crea un archivo de quién escribió tal o cual hipótesis. Para un científico en ciernes, como esta servidora, ponerle un rostro a uno de esos autores y entablar una conversación es igual o mejor que tomarse una foto con cualquier actor de Hollywood. Es cosa de “networking”, como dirían en estos lares, aunque las cosas no siempre suceden como las esperamos.


La primera vez que conocí personalmente a un oceanógrafo de alto renombre internacional, Gene Feldman, tenía poquísima idea de quién se trataba. Sí, claro, había leído y citado sus trabajos seminales sobre Galápagos (1-3) en la introducción de mi tesis de licenciatura – recientemente redactada por entonces – y había escuchado una de sus entretenidísimas charlas, despliegue de carisma y sencillez. Pero eso era apenas el pico del iceberg, considerando su invaluable trabajo para consolidar una de las más importantes fuentes de datos oceanográficos: SeaWiFs. Y ahí estaba yo, en el medio del Pacífico en una embarcación apenas unos 12 metros de eslora, sin acceso a Google, y con la candidez de no saber realmente con quién estás hablando. Simplemente una experiencia fantástica.


Conocí a Michael McPhaden, viejo sabio de la oceanografía ecuatorial y de la variabilidad de El Niño-Oscilación del Sur (4-6, para citar algunos), en una conferencia en Guayaquil. Esta vez, tenía conocimiento de sobra sobre quién era, su trabajo, sus publicaciones, etc, etc, etc. Había decidido presentar mi trabajo de tesis de licenciatura en dicha conferencia y fue mi primera presentación científica en inglés. Desgracia la mía, tras algún tiempo viviendo en Galápagos, el ritmo de la vibrante Guayaquil – el tráfico, el ruido, el calor y la humedad concentrándose entre el asfalto y los edificios – no me vino nada bien y, tal vez incluso de los mismos nervios, caí víctima de una inexplicable infección alimentaria justo el día antes de mi presentación. Bajo la poderosa lupa de la auto-crítica, la presentación fue TERRIBLE, con mayúsculas y negritas. McPhaden, sin embargo, se acercó a felicitarme por mi trabajo mientras yo me quedé casi muda, con la mitad de vocabulario inglés y todo lo que hubiera querido decirle, estrangulando mi lengua.


Quise compartir estas dos experiencias como ejemplo de las situaciones a las que como estudiantes en carreras de ciencias nos vemos expuestos. Mientras más avanzamos en la profesión, tendemos a conocer a nuestros futuros colegas por sus trabajos, lo cual podría amilanarnos un poco al conocerlos en persona. En esos casos, debemos recordar que el desarrollo de la ciencia internacional se ha basado justamente un sistema de motivación maestro – aprendiz. Muchos de los mejores científicos están generalmente ávidos por conocer jóvenes estudiantes con profundo interés en la ciencia. Sí, querrán hablar sobre investigación, y un “leí su artículo sobre …” siempre será muy bueno para romper el hielo. Sin embargo, creo que temas más sencillos como cuál fue mi inspiración para entrar en el mundo de la ciencia y cuáles son mis aspiraciones a futuro, han logrado algunas de las mejores conversaciones con científicos de alto calibre cuando los nervios me impiden “decir algo que suene inteligente”.


Durante estos años de posgrado, he tenido la oportunidad de conocer a otros tantos oceanógrafos que estaban en mi glosario mental de mitología académica. Estas son nuestras “ganancias mudas” como becarios. Las que no se detallan en ningún informe de progreso académico, pero que constituyen invaluables relaciones profesionales futuras y potenciales proyectos a aplicarse en nuestro país. No se trata solamente de las “A+” y de la tesis, somos estandartes de una nueva generación para la ciencia del Ecuador y ese es el sano orgullo y confianza que debe acompañarnos cada vez que tenemos la oportunidad de conocer a uno de nuestro héroes científicos.



Citas:

(1) Feldman, G.C. (1986) "Patterns of phytoplankton production around the Galapagos Islands." In Tidal Mixing and Plankton Dynamics, Lecture Notes on Coastal and Estuarine Studies, Vol. 17, eds. M. Bowman, C. Yentsch, and W. Peterson, Germany: Springer-Verlag, pp. 77-106.
(2) Feldman, G.C. (1985) "Satellites, seabirds and seals." In El Nino in the Galapagos Islands: The 1982-1983 Event, eds., G. Robinson and E.M. del Pino.Quito, Ecuador: Charles Darwin Foundation, 1985
(3) Feldman, G.C.; Clark, D.; and Halpern, D. (1984) "Satellite color observations of the phytoplankton distribution in the eastern Equatorial Pacific during the1982-83 El Nino." Science 226:1069-71. 1984
(4) McPhaden, M.J. (2008) Evolution of the 2006-07 El Niño: The Role of Intraseasonal to Interannual Time Scale Dynamics. Adv. Geosci., 14, 219-230.
(5) McPhaden, M.J.  S.E. Zebiak, and M.H. Glantz (2006) ENSO as an integrating concept in Earth science. Science, 314, 1740-1745.
(6) McPhaden, M. J. (1999). Genesis and evolution of the 1997-98 El Niño.Science, 283(5404), 950-954.

domingo, 7 de abril de 2013

Hablando de dragones y modelos

Tal vez no sea la persona más indicada para hablar de modelos.  Notando de paso el desidioso abandono de este blog y el secreto hecho de que este post ha estado en mi lista de espera durante meses. Dentro de un par de semanas presentaré mi proyecto de tesis de maestría y me embarcaré en un programa de doctorado.  Ni yo me creo que paso a paso me voy convirtiendo en una modeladora.

Nunca pude evitar sentir cierto escalofrío de admiración y pequeñez cuando alguien me decía que trabaja con modelos. Sin embargo, aún en mi corta edad científica he visto de todo y experimentado un tanto por mi cuenta. Con cierto pesar recuerdo que durante las clases de licenciatura los modelos se convirtieron en un trivial sombrero de mago. Unos cuantos datos, un abracadabra, un click en ejecutar, comparar los resultados con los datos y show terminado. Incluso a pesar de recibir cierto entranamiento en el uso de modelos climáticos complejos (JMA GSM TL959), debo confesar que el mundo de los modelos no me quedaba claro y continuaba sintiendo que debía existir algo más.  Todo lo que yo había visto parecía demasiado fácil hasta ese punto, pero los artículos científicos sobre modelos se levantaban de entre lo mundano como dragones mitólogicos.

Si algo he aprendido durante estos dos años es que para apreciar la complejidad de los modelos, y como en todo, hay que empezar desde el principio. El uso de un modelo no basta si no se posee la mínima idea de cómo construir uno.  Sin conocer los alcances y limitaciones de un modelo, los más disparatados resultados pueden llegar a manos de tomadores de decisiones, o medios y a largo plazo debilitan la confianza del público - y alguno que otro científico - en la ciencia de los modelos. Trabajar  con un modelo implica casi casi convertirlo en un socio colaborador con quien discutir iterativamente nuestros proyectos. Se debe aprovechar al máximo sus aptitudes, preguntar, aceptar sus limitaciones, analizar críticamente sus respuestas y preguntar de nuevo.  

Más allá del romanticismo, al enfrentarse al dragón mitológico uno puede terminar devorado por ella.  Triste destino del estudiante consumido en las llamas de ecuaciones sin comprender lo que significan.  Tras un año de lucha a pecho pelado, tuve la suerte de recibir un buen ABC de cómo domesticar a un dragón.  Seguramente, con el tiempo y la costumbre, algunos expertos y nobles caballeros andantes olvidan que generalmente un estudiante empieza sin conocimiento alguno sobre el extraño mundo de los dragones.  Algunos profesores tal vez jamás recibieron el dichoso entrenamiento y lo terminaron venciendo a garras y dientes. Por suerte existen algunos como Wendy GentlemanLeland J. Jackson, Anett S. Trebitz, y Kathryn L. Cottingham  que lo recuerdan muy bien, lecturas recomendadísimas para cualquier joven (de edad y/o espíritu) en esto de los dragones.

En estos dos años aprendí que, por ejemplo, un modelo de un dragón puede ser tan simple como decir: cabeza, tronco y extremidades.  Esta descripción podría bien funcionar como modelo de un ser humano o cualquier otro animal; pero, entre otras cosas, no explica qué hace diferente a un dragón ni cómo el dragón es capaz de tener movimiento. Es un modelo general y estático.  Un mejor modelo podría sustituir las variables de cabeza y tronco por los órganos internos encargados del funcionamiento del cuerpo: cerebro, corazón, pulmones y estómago. Cada uno de estos requerirá de especificár formulas y parámetros apropiados para la vida del dragón.  Por ejemplo, esperaríamos un cerebro básico, pero amplios pulmones por aquellode exhalar fuego, o incluso la formulación explícita de procesos para exhalar fuego. Tenemos que añadir alas, claro está, o decidir si será uno de esos dragones tipo serpiente marina. Requerirá como variables iniciales algo de aire en los pulmones, algún mineral que permita la producción de fuego y un par de ovejitas para mantener su materia orgánica.


Sé que tiendo a ser simplista pero, en lo personal, cuando comprender una clase me cuesta más trabajo que comprender el tema de la clase, tiendo a aburrirme y a tener un desempeño pobre. Si tuviera enfrente a mi yo de la licienciatura le diría francamente que los modelos no son nada de magia pero mucho de mística.  Seguiré hablando de modelos por un tiempo, siempre y cuando cuidar de mis dragones me lo permita.